Manifiesto

Veinte Centavos surge por la necesidad de crear un espacio en el cual podamos escribir y debatir sobre diversos temas culturales. Literatura, música, cine y teatro serán nuestros temas habituales, y no dejaremos de lado la actualidad, en la que se combina el pasado y el futuro.Aprovechando la tecnología, creamos está revista virtual, este blog cultural, y esperamos que ustedes disfruten leyendo –y respondiendo- y nosotros escribiendo.

¿Cuales son las remakes que valen la pena?


Las remakes ya no son una novedad o una moda, son constantes. En los últimos días se sumaron Katare Kid y Brigada A, las preguntas que nos hacemos es: ¿existen buenas remakes ? ¿cuales valieron la pena? ¿tenes favoritas?

Nueva sección: Queremos tanto a...


Presentamos una nueva sección: Quremos tanto a... (Pequeños homenajes de Veinte Centavos).
Nuestro primer querido es:


Steve Buscemi

Cuál es tu capítulo preferido de La Dimensión Desconocida?

A 46 años del último episodio de la serie creado por Rod Serling.
no te olvides de dejar tu comentario!

Un equipo con historias

Por Nahuel Billoni



En un artículo publicado el último viernes en Página 12, Juan Forn contaba lo difícil que le resultaba escribir una nota de color sobre la selección, después del “implacable” triunfo ante Corea del Sur. Es imposible, decía, dejar de festejar y entusiasmarse con un equipo que juega de ese modo. Sabemos, entonces, que la tarea puede resultar complicada pero vamos a intentar llevarla acabo.

El seleccionado que dirige Maradona está repleto de historias, los grandes equipos siempre las han tenido.

Para empezar es un equipo que se cubre conel mantra del Diez. Pocas personas pueden simbolizar al héroe como el DT argentino: el héroe que surge desde la pobreza, el héroe que se enfrenta contra los poderosos; el héroe que, al igual que Superman, tiene su objeto/veneno; el héroe que nunca encuentra un rival a su altura; el héroe que tienen que sacarlo de su terreno para poder vencerlo; el héroe que deja frases escritas en el tiempo, el héroe que sufre caídas; el héroe que consigue la redención.
Mucho se ha escrito sobre Maradona.
Mucho se escribirá.

Ahora analicemos a los jugadores, varios tienen historias interesantes.


Heinze. El que siempre es criticado y, sin embargo, nunca falta. Dicen que es el verdadero líder del equipo. Un incomprendido.


Burdisso. Historia ideal para hacer una película y ganarse un Oscar. El defensor dejó el fútbol por un tiempo para apoyar a su pequeña hija mientras realizaba el tratamiento contra la leucemia. Más tarde volvió a las canchas y la rompió. Es al argentino, detrás de Di Stefano, que más títulos ganó.


Demichelis. El jugador surgido de River quedó fuera de la lista de convocados para el mundial de Alemania. Es famoso su llanto –vía telefónica- en Estudio Fútbol. No quiero jugar, no quiero vivir; se quejaba el pobre Martín. Cuatro años más tarde tiene su revancha.

Tevez. El jugador del pueblo es el más parecido a Maradona, en cuanto a sus orígenes y al afecto
que recibe del público. De Fuerte Apache a Londres; de marginado a estrella de Nike.


Palermo. Del nueve de Boca no hay que decir mucho, él mismo quiera hacer su película. Sólo vamos a mencionar que Maradona premió la trayectoria de uno de los jugadores más singulares de la historia de nuestro fútbol.


Messi. A pesar de que muchos lo critican por ser más europeo que argentino; Lionel simboliza como pocos a nuestro país. Messi tuvo que dejar la Argentina porque nadie estaba dispuesto a pagarle el tratamiento hormonal que necesitaba. Tampoco conseguía apoyo estatal. El club que se ofreció fue el Barcelona. El rosarino marcha hacía España porque aquí no encuentra apoyo. Apoyo que dirigentes pacientes tendrían que haberle dado, apoyo que el estado debería brindar. Los europeos vieron una oportunidad y la aprovecharon. Si les dejamos los teléfonos, como no vamos a dejarle un pibito al que le faltaban vitaminas….


Garcé. Este tenía que ser el último en nombrar. El que entra por la ventana al tren, el que llaman a último momento porque eran nueve para el partido, el que llega de día al boliche y se queda con la gorda; el que llega a la mesa sin que este su plato, el forma parte de la banda porque no tenían bajista, el que invitan al cine porque sobra una entrada… Todos, en algún momento, fuimos Garcé.

¿Qué otras historias agregarías?

¿Cuales son tus películas preferidas de Alfred Hitchcock?

El 16 de Junio se cumple cincuenta años del estreno de Psicosis y como nos gusta aprovecharnos de los aniversarios, les preguntamos: ¿cuales son tus obras preferidas de Sir Alfred Hitchcock?

Mi mamá tenía razón

Por SV

Mi mamá tenía razón. De eso iba a darme cuenta -feliz y lamentablemente, todo al mismo tiempo- unas horas más tarde. Ese día, Italia y Argentina disputaron una de las semifinales del Mundial 90 y el país se detuvo; fue, en mi opinión, la última -¿o la mayor?- epopeya futbolística nacional, la más inolvidable. La irrepetible.
La cosa había arrancado fulera veinte días atrás, cuando Camerún vencía al vigente campeón en el partido inaugural de la Copa del Mundo. Ese mediodía, pusimos con mis hermanos la mesa frente al televisor y, además del gol de Oman Biyik –se lo comió Pumpido, bah- nos quedaron grabadas en las retinas unas bellísimas patadas que hicieron volar al Pájaro Caniggia, “el eslabón perdido entre Maradona y el resto” (Víctor Hugo dixit).
Pero luego, la suerte se enderezó: empate ante Unión Soviética, victoria frente a Rumania y pase a octavos. Ahí nos tocó Brasil, que nos pegó un baile memorable, pero gracias a los palos, el bidón envenenado, la corrida de Diego y la definición precisa del Cani, se tomaron el primer avión de Varig y se volvieron a casita bien calientes.
En cuartos, Yugoslavia no parecía un rival demasiado duro –digamos, después de sacar a Brasil de la Copa, cualquier equipo te parece un trámite-, pero el nivel Argentino fue muy pobre y el duelo se definió por penales: Maradona erró el suyo (fue como si recién a los 15 años me enterara que los Reyes son los padres) y Goycochea empezaba a dejar de ser de madera para convertirse en Bronce.
El día del partido de semifinales ante Italia, a un compañero se le ocurrió invitarme a verlo en su casa. El vivía en San Justo y yo en Ramos Mejía, así que la llamé por teléfono a mi vieja que estaba en su trabajo para pedirle permiso, que terminó por darme tras sugerirme que mejor no fuera “porque después no vas a poder salir de San Justo”.
Mi mamá todavía conserva ese tipo de comentarios apocalípticos, pero en esa época salían como trompada. “El tren es un monstruo”; “¿Con esta lluvia vas a salir?”; “Ojo que este viento es traicionero”; “¿Le habrá pasado algo a tu hermano que no llamó?”; “Psst, Santi, ¿dormís? ¿Sabés algo de tu hermano? Que raro que no haya llamado”; “No vas a poder salir de San Justo”.
El departamento de mi compañero quedaba a pocas cuadras del centro de esa populosa localidad del Oeste del Gran Buenos Aires, así que me esperó en la parada del colectivo y fuimos caminando para allá. Yo estaba algo nervioso, pese a que cuatro años antes ya había vivido la semi de un Mundial, pero él –a quien el fútbol directamente le importaba tres carajos- me superaba ampliamente. “Mi vieja es tana”, me tiró como al pasar y a mi me causó el mismo estupor que me hubiera producido escuchar hablar a un bebe con la voz de Aliverti.
-¿Tana cómo?
-Tana; italiana. Mi viejo no, pero hoy mi viejo no está.
A la vuelta de la casa había un local de video juegos y a mi compañero se le ocurrió entrar. “Bancame que me hago un Wonder Boy”. Faltaba poco menos de media hora para que arrancara el partido y justo en ese momento fue la primera vez en la tarde que me acordé de las palabras de mi madre, lamentando no haberle hecho caso. La cuestión es que el pibe tenía una extraña habilidad para disparar hachitas y pegar saltitos, por lo que, no sólo no perdía vidas, sino que iba sumando rubiecitos en la pantalla. A cinco minutos de que empezara la semifinal del Mundial, yo seguía ahí, mirando cómo el hijo de una Tana daba cátedra en un juego destinado decididamente a señoritas, totalmente ajeno al enorme acontecimiento que se venía.
-Si querés andá yendo. Yo termino acá y voy.
Fui. La Tana me recibió con un abrazo que consideré exagerado, me sentó frente al televisor –Noblex, chiquito, a botonera, blanco y negro- y me convidó con unas masitas caseras (napolitanas, dijo, hechas con harina, vino, almibar y anis en grano) y un licorcito de cerezas. Para ser honesto, la situación me había superado y empecé a considerar seriamente la posibilidad de mandarme a mudar en la primera distracción de esa mujer que, ahora, pelaba una manzana a mi lado y me ofrecía trozos ensartados en la punta del cuchillo. “Come corazón”. Y yo comía y en cada mordisco puteaba: a mi compañero, a mí mismo, a mi vieja que me permitió ir, al Goyco por atajar los penales contra Yugoslavia y a toda la comunidad italiana en la Argentina.
La calma aparente que reinaba en ese departamento que ahora compartían dos auténticos desconocidos, se quebró a los pocos minutos, cuando Toto Schilachi marcó el primer tanto del partido. Ahí nomás, la Tana revoleó los cubiertos, sacó medio cuerpo por la ventana que daba al pulmón de manzana y gritó con todas sus fuerzas el gol, al que le siguieron una catarata de insultos provenientes desde todos los costados. Cuando regresó a la mesa me pidió disculpas, me dijo no sé que cosa de la “sangre” y siguió pelando manzanas con cierto arte. Yo debería haber hecho lo que imponía la hora: mandarla a la concha de su madre y regresar a mi casa, pero el licor de cereza me había dejado algo corto de reflejos.
En el entretiempo la mujer me anunció que iba a darse una ducha y yo aproveché para ir a buscar a mi compañero. Entré en el local de video juegos y lo encontré jugando en la misma máquina donde lo había dejado, soportando estoicamente los embates de piedras gigantes, arañitas, murciélagos y mis deseos de que se pescara una enfermedad de esas que lo ponen a uno de cara a la muerte.
-¿Y?
-Perdemos 1 a 0.
-Ahora voy yo y cambia la mano.
De regreso a su casa, la escena se había modificado completamente: el departamento estaba a oscuras, las ventanas habían sido cerradas, no quedaban rastros de manzanas y de la mujer sólo se veía parte de su anatomía a través de la puerta de su habitación.
-Le pegó el bajón.
Asi que suprimimos el volumen del Noblex y nos quedamos solos en el comedor, yo mirando el partido, él leyendo una revista porno.
Cuando Caniggia pegó el salto a la Gloria, peinó el centro que venía desde la izquierda y empató el partido, por un instante pensé en respetar la solemnidad del ambiente; sin embargo, algo dentro mío, que ya se había quebrado hacía rato, me impulsó a tomarme una revancha módica, pero merecida. Así que emití un sonido primitivo que alargó la letra o más allá de lo razonable y me acoplé al festejo que, ahora si, nacía desde los cuatro puntos cardinales.
La Tana se levantó de la cama y, así como estaba (despeinada, en bata, como si en su físico y en su moral hubiesen operado los efectos de alguna fruta fermentada), se acercó y me besó en la cabeza. “Disfrutalo, hacés bien”. Admito que ese gesto maternal me mató, pero si me dejaba ganar por la compasión estaba perdido.
Pasó el alargue y llegaron los penales; la mujer volvió a levantarse de la mesa y fue a parapetarse detrás de una puerta con vidrio esmerilado que daba a un lavadero. La imagen era bastante fantasmal. Luego de que Goycochea atajara el último y decretara la victoria argentina, la Tana comenzó a gritar de manera desaforada una frase que hasta el día de hoy recuerdo: “¡per l'amico di mio figlio!”, que, por supuesto, me tenía como destinatario.
Nos quedamos los tres celebrando un rato largo y luego me acompañaron a la parada del colectivo. Y fue justo ahí cuando me di cuenta –feliz y lamentablemente, todo al mismo tiempo- que mi mamá tenía razón: era tal la cantidad de gente festejando el triunfo argentino (gente en los balcones, gente en las veredas, gente en las calles, gente trepada a los semáforos y a los colectivos) que era imposible salir de San Justo de otra forma que no fuera caminando hasta casa.
Esa noche me quedé a dormir en lo de mi compañero (no me acuerdo que cenamos, pero de postre había manzanas) y, a la mañana siguiente, cuando estábamos por partir hacia el colegio, la Tana me dio un abrazo que ya no juzgué exagerado y me agradeció por haber ido a su casa. “Mi hijo nunca trajo a nadie, asi que vos debés ser muy importante para él”. Al final, el pibe terminó siendo mucho más amigo de mi hermano que mio –los unía un total desinterés por el fútbol, cabe destacar- y yo no volví a visitar ese departamento de San Justo, pero aquella vez me quedó grabada en la memoria.


Una tarde en el ascenso

Por Nahuel Billoni




Todo lo que aprendí de moral, lo aprendí jugando al fútbol.
Albert Camus

La mañana del sábado 22 de mayo no era una más en Merlo. Poco importaba la proximidad del bicentenario, la final de la Copa de Campeones o la reapertura del Teatro Colón; lo único de verdadera trascendencia era el partido que disputaría Deportivo Merlo contra Sarmiento de Junín por la promoción.
(En el caso que usted, querido lector, no sepa qué significa la promoción haremos una breve y sencilla explicación: los torneos del fútbol argentino se encuentran divididos en distintas categorías que van de la A (la más conocida, la primera) hasta la D (dejando de lado los campeonatos provinciales). Para participar de las mencionadas categorías existe un sistema de ascensos y descensos. Los primeros dos ascienden y los últimos dos, descienden. Pero la cuestión no termina ahí, los dos equipos más cercanos a los últimos y los dos más cercanos a los primeros, juegan un partido para disputar la plaza de la categoría. Es decir, si el equipo X salió tercero en la B nacional enfrenta al que terminó en el puesto número dieciocho de la A. Quién sale ganador jugará en la A. A ésta última etapa se la denomina “promoción”.)


El encuentro se disputaría en la cancha de Deportivo Armenio a las 15:15. El conjunto de zona oeste no podía utilizar su cancha para hacer de local porque estaba suspendida.
Según cuentan, hace un tiempo, las dos facciones de la barra se habían enfrentado en una batalla –con heridos y muertos, como consecuencias- por el poder absoluto de las tribunas en el estadio. Este hecho que suele ser penosamente normal en nuestro fútbol, tuvo una curiosidad: los líderes de ambas facciones eran hermanos, es decir, no hay ley primera que valga en las gradas.
Cerca del mediodía se podían ver a varios hinchas del Depo preparándose para ir a la cancha. Camisetas, gorros, banderas, autos con escuditos del club; inundaron las calles de la ciudad. Si uno caminaba un par de cuadras, encontraría a varios seguidores que se alentaban entre sí. Parecía un cuento de Soriano.


Llegamos al estadio. Había dos filas. Por un lado, una para sacar entradas; por el otro, una para ingresar. Mientras sacaba las plateas pude ver cómo varios retiraban sus credenciales de prensa. Parecía que había más periodistas que hinchas.
Una vez dentro del estadio, ya en la tribuna, empezamos a conocer varios códigos: está prohibido el ingreso de simpatizantes locales pero esto no quiere decir que no los haya, hay que buscar un jugador rival y tomarlo de punto, no se puede mencionar la palabra descenso, cada uno tiene su lugar…


Arrancó el partido y con este la adrenalina. La gente salta, alienta, insulta, sufre y festeja Es el típico encuentro del ascenso: trabado, sin lujos y con pocas posibilidades de gol.
Uno de los simpatizantes se obsesiona con el once de los rivales. Aprovecha que es el más cercano a la tribuna para hostigarlo cada vez que se aproxima. Sos horrible, negro hijo de puta; empieza. Una de esas tantas particularidades que tiene el fútbol es la aprobación de cualquier tipo de insulto. Hay un cierto consentimiento –éticamente reprochable- a decir cualquier barbaridad porque se está en una cancha. El tipo lo sabe, no tiene filtro. Dale muerto, sos feo, a tu vieja se la garchó un mono; grita. No juegues más negro puto, volvete a África con tus hermanos. El pobre jugador, que para colmo tiene una mala tarde, empieza a observarlo de reojo. Pierde concentración. El hincha lo sabe y lo toma como un triunfo: mirá cómo saqué del partido al once, dice.
A los nueve minutos ocurre la primera llegada de Merlo. Encare y desborde, el jugador entra al área grande, llega al fondo y… el defensor rival comete falta. ¡Penal! Todo es alegría en la platea. Nadie duda: bien cobrado.
¿Quién le pega?, preguntó. El chileno, contestan. Es una de las figuras del equipo. Juega de delantero. Es hábil, tiene gol y deja todo en la cancha, explica un viejo. El apodo no tiene nada que ver con su nacionalidad, surgió como una gastada (¿?) por la forma en la que habla.
El chileno toma carrera. Va a reventar el arco, pienso. Me equivocó: patea suave y esquinado. El arquero va para el otro lado. ¡Gol! Las frases que se escuchan son muchas. La puta madre mal. Gol. Vamos Merlo todavía. Gol, carajo, gol. La promoción, la promoción, se va a la puta que lo parió. ¡Sarmiento sos horrible! ¡Muertos! ¡Andá a buscarla adentro negro muerto de hambre!
El resto del primer tiempo pasa sin dejar mucho más. Un par de intentos frustrados de los visitantes que se quedan en eso. Cuando salen los equipos para el vestuario bajan de las tribunas alientos e insultos, ya se imaginan a quién iba cada uno.
Los quince minutos del entre tiempo pasan rápido. Sirvieron para escuchar un par de charlas. Cuentan que el arquero se va a jugar a Colombia, que el ocho jugó en Independiente y que el técnico –me entero que es el Uruguayo y es uruguayo de ley- se queda para la próxima temporada.
El cafetero es uno solo para toda la tribuna, va de un lado para el otro. El vendedor de garrapiñada es uno solo para toda la tribuna, va de un lado para el otro. Por cierto, el del café y el de las garrapiñadas es el mismo.
También, sentado a un par de metros, escuchó a un hombre que dice ser técnico de la tercera división de Inglaterra. Vengo a buscar jugadores, le explica a su vecino. ¿Vio algo interesante? Pone cara de superado: estamos en eso.


Cuando el árbitro hace sonar el silbato para dar comienzo al segundo tiempo, empiezan los rezos y las promesas. Alguien dice que todavía faltan cuarenta y cinco minutos de sufrimiento. Otro que no son minutos, son horas. Otro, cierra en días.
El juego es bastante pobre. Pocas llegadas y mucha garra. Sarmiento salió con tres delanteros, sin embargo no inquietó al arquero de Merlo.El equipo del oeste supo controlar a su rival
Es fácil percibir la tensión en la platea. Es más, es contagiosa. Porque el fútbol, además de su aspecto violento, tiene infinidad de cosas positivas. Pocas actividades pueden servir para unir un grupo de personas como este deporte. Se genera una fraternidad con personas que no se conocen, que resulta difícil de explicar. No conozco al tipo que está al lado mío, no sé su ideología, ni siquiera el nombre, pero en ese momento y lugar, es un compañero, un amigo.
Volvamos al partido. El mayor susto fue cuando el referí adicionó tres minutos. ¿Por qué tanto?, gritan. A los cuarenta y ocho terminó el encuentro. El depo se quedó en la B nacional. El público festejaba. Los jugadores dejaban la cancha. Todos eran ovacionados. Todos eran héroes. Todos éramos Deportivo Merlo.

La pre

Por Maitena Minella

Nueve de Junio, si hacemos cálculos el mundial de fútbol comienza el once de Junio y Argentina juega el doce. Entonces quedan tres días para escuchar; que Carlos Tevez duerme solo; que Jonás Gutiérrez se quiere matar porque Demicheli lleva al dormitorio a Evangelina Anderson y se corre el rumor que él va abajo a la hora de tener sexo para que no le ¡“coma piernas”! ; Lionel Messi ganó a la play y después fue al baño, pero no pudo (…) dicen que tiene tránsito lento. Sabemos que a Juan Sebastián Verón le picaron tres mosquitos y se hizo la “cruz” en cada uno de ellos y está muy feliz porque éste método le resultó; sabemos que el compañero de truco de Martín Palermo es el cocinero y anoche cantó quiero re-truco con un cuatro de copas.
Los periodistas de Telefé Noticias entraron a la biblioteca de los jugadores de la selección, entre los estantes se podían ver algunos de Robin Cook, “Gente Tóxica” de Bernardo Stamateas y estaba dando vueltas “El Alquimista” de Paulo Coelho.
Después de ver toda ésta info., corte a: “Comete un yogur viendo el mundial”; “compra el plassssma en 64 cuotas para el mundial”; Gorrito, bandera, media y la infaltable corneta.
Ah! Ahora también podemos ver los partidos de la selección desde la nueve de Julio con una súper pantalla que inauguró el jefe de gobierno porteño (no lo nombremos) y el Ceo de Coca- Cola.
Esta es la PRE- del mundial. Los periodistas deportivos necesitan más ideas.
Cierro con éstas palabras de Víctor Hugo. (No caigan en el cliché de decir que es uruguayo)
(...) El otro día me preguntaban ¿quiere que la Argentina salga campeón del mundo?
Me encantaría, pero te regalo el mundial si sale la Ley de Medios (...)
¿Cómo encaras la previa? ¡No dejes de comentar!

Instante de poesía

Los amantes
por Juan Rodolfo Wilcock.


Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.

La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando se despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.

¿Cuales son tus películas favoritas de Clint Eastwood?


El gran Clint cumplió ochenta años y aprovechamos la ocasión para preguntarte sobre los films que más te gustan del realizador de Invictus.